Soy ciclista profesional. En este trabajo, el éxito exige estructura: la meticulosa deconstrucción de un objetivo en pequeñas partes, cada una de ellas cuidadosamente calculada para aprovechar la anterior. Todo en mi presente sirve como futura línea de meta.

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La niebla suaviza la luz y nuestras voces. Todo es como un secreto. Conozco estas montañas. Sé que esta carretera baja hasta la pequeña tienda donde, hace años, paraba con mi equipo de la universidad aquel primer año de competición, antes de que llegara la verdadera competición. Comíamos galletas en la calle, sobre el cemento caliente, y dejábamos que nuestras sonrisas con la boca llena lo dijeran todo.

Me sumerjo en el primer giro del descenso y siento ese estremecimiento tan familiar. Aquí no hay línea de meta.

Este dejarse llevar no me resulta sencillo. Toda mi carrera he estado obsesionada por los detalles que permiten alcanzar un resultado, o fracasar. Sé que hay una ecuación de par y un módulo de elasticidad en cada curva. Observo milímetros y matices de construcción de fibra de carbono. Soy consciente de la potencia que debo producir en un tramo de carretera determinado.

Nos topamos con conexiones sin asfaltar y carreteras secretas entre las secuoyas. Surgimos de las pendientes y sobresaltamos a las vacas, y gritamos bromas al viento en nuestros descensos. Veo la explosión de espuma de las olas del océano al golpear sobre los acantilados donde reposan los mejillones, y cómo cambia la luz en el horizonte. Sigo una rueda, una línea, cualquier cosa menos un resultado.

Tomarse en serio el trabajo no requiere tomarse en serio a uno mismo. Lo contrario sí es cierto.

El viento se eleva por encima del río Ruso. Nos hundimos en las sillas de la cafetería, según la luz calienta y se atenúa. Sujetamos nuestras tazas con ambas manos, cansados y felices.

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